lunes, 7 de noviembre de 2016

Me estoy derrumbando

Llevo ya casi 2 años destruyéndome a mí misma, pero ahora luce más real que nunca.

No recuerdo en dónde escuché que la gente que pasa mucho tiempo pensando en el suicidio tiene un problema mental, y es que a este nivel no tengo dudas acerca de estar completamente loca.
Necesito decir todo lo que me duele, todo lo que me está cortando por dentro, todo lo que parece estar a un segundo de borrarme del mapa.

Nací en el año 2001, cuando mi madre tenía 37 años y mi padre 40. Mi padre es camionero, mi madre no es ama de casa. Tengo una hermana mayor que yo, muy hermosa, pero muy estúpida.
Mi madre es la única de cuatro hermanos que tuvo hijos, porque todos mis tíos son homosexuales y mi madre los odia por eso y por muchas cosas más. Ella viene de una familia podrida, descendiente de mujeres con problemas mentales reales, trastornos obsesivos compulsivos, depresión, neurosis. Una familia donde la educación significaba martillarle los dedos a los niños, se trataba de mandar a tu hijo a dormir con los perros, de sacarlo de la escuela a los 9 años y ponerlo a trabajar de sirviente, estamos hablando de esa clase de problemas mentales. Mi abuela engañó a mi abuelo con un hombre a quien amaba muchísimo, mi abuelo engañó a mi abuela con una mujer mucho más joven que él. Se engañaron entre sí y mi madre siempre sufrió la fama que su madre tenía. El amante de mi abuela murió en casa de ella y dejó en ella un trauma que no estoy segura de que haya superado alguna vez en su vida. Ciertamente era una víbora, pero de esa hermosa y sádica mujer hoy no queda más que una pequeña anciana de piel muy pálida y ojos eternamente tristes.
Mi madre cuenta que de joven solía ser muy inteligente, exentaba todas las materias relacionadas con letras y ciencias sociales, con todo el trabajo de su extraña familia llegó a pertenecer a la clase alta, se sentía orgullosa de su llamativo cuerpo y de su ascendencia árabe. Ahora mismo me parece excesivamente triste. Con sus excelentes calificaciones no le fue difícil comenzar a estudiar derecho, pero por algún motivo que aun desconozco nunca terminó la carrera, y no pudo más que resignarse a vivir del sueldo de la persona con la que se casara.
Mi padre es un hombre de pueblo, que tuvo una infancia relativamente feliz. Es el mayor de los hombres de su familia, que alguna vez estuvo conformada por 12 personas. Su padre era un alcohólico que estropeaba a su madre cuando le era posible. Terminó la preparatoria técnica y comenzó a estudiar para ingeniero, pero la situación de su familia le obligó a asumir su papel de el hombre mayor de la familia mucho antes de lo que debería. Su padre, el alcohólico, nunca estaba en condiciones de llevar dinero a la casa, y en la familia habían niños aun muy pequeños que necesitaban de cuidado y por supuesto, dinero. Adiós a la ingeniería y hola al camión.
Con rabia brama mi madre durante sus ataques de loca que mi padre planeaba quedarse con su dinero -a pesar de que ella por sí misma no tenía un trabajo o dinero- que él la engañó haciéndole creer que tenía una casa y un camión propios, ella quería salir de casa de su madre, la loca a la que ya no podía soportar más, después de 36 años de vivir con ella y ser testigo de sus problemas mentales.
Se conocieron, después de 6 meses se casaron y al año tuvieron a mi hermosa hermana mayor. Fue la primera y fue muy amada, nació y vivió su primer año de vida en la bella y enorme casa de mi abuela, sin muchas carencias, pero en medio de insoportables conflictos.
Y entonces, después de un año de infierno en la casa gigante, nací yo, la inusual niña trigueña que no parecía haber sido muy planeada. No hubo mucho amor para mí al parecer, porque cuando cumplí un mes de vida mi abuela nos sacó a todos de su casa con una escoba.
Mi padre sí tenía una casa grande y antigua, herencia de su abuela. Era la casa donde vivía en ese entonces la enorme y alegre familia de mi padre. Mi madre odiaba demasiado la alegría y la actitud humilde de esa familia masiva. Dice constantemente que esta casa era un muladar, que había ropa, basura, comida y zapatos tirados por todos lados; los niños de la familia eran escandalosos e irrespetuosos; aún vivía mi abuelo paterno vicioso y a mí madre parecía asquearle sinceramente. Es cierto, teníamos un lugar para vivir, pero mi madre no hacía más que quejarse de lo asqueroso que le parecía el lugar, de la escasez, de las supuestas faltas de respeto que nunca sabré si fueron o no reales, porque si hay algo que sé de mi madre es que le encanta ofenderse con cualquier gesto o palabra que perciba en quienes le rodean. Al final, los cuatro nos mudamos a una pequeña casita rentada a la vuelta de la casa de mi padre, llena a reventar de pulgas, ciempiés y muchas otras alimañas.
Después de algún tiempo, mi madre se hartó de esa vida y exigió que la familia de mi padre se saliera de su casa para que nosotros pudiéramos habitarla. Ellos la odiaron, ella los odió.
Mis abuelos paternos murieron mucho antes de que yo tuviera consciencia de mi propia existencia, mi único tío materno se mudó con su pareja a la Ciudad de México a vivir en el lujo que le permitía su trabajo como contador público cuando yo era aún muy pequeña, y hasta hace dos meses, lo único que recordaba de él era su cara barbuda y su cabello negro, lo tenía pintado como un hombre de veinte años y enormes ojos cafés, hasta que volvió hace dos meses, habiendo cortado con su pareja, perdido su trabajo, vendido sus muebles y su casa en Acapulco. Mis tías son ambas lesbianas y yo nunca en mi vida me enteré de que ese era el motivo por el cual yo no tenía primos y tampoco los tendría, no conocía esa palabra, tampoco necesitaba conocerla en aquél entonces.                             
Como mi madre odia a toda la familia de mi padre, yo no conozco a la mayor parte de mis primos paternos, ni siquiera sé sus nombres, aunque sé que muchos son drogadictos. El último encuentro que tuve con uno de mis primos fue en la cena de año nuevo del 2015. Planeaba sentarme a cenar mientras veía los fuegos artificiales, pero mi hermana me obligó a usar tacones de 10 cm, cuando yo tengo problemas para caminar con los pequeños tacones de 5 cm de mis zapatos escolares. Al primer paso mi pie se dobló y me dejó pensando que me había roto el pie, pero como no era así nadie le dio mucha importancia al asunto, ni siquiera yo. Al llegar a la casa de los tíos con los que pasaría la navidad noté en seguida que mi primo estaba por lo menos drogado. No decía cosas muy coherentes, se le veía alegre, pero con una alegría enigmática, con una expresión que no soy capaz de describir. Sus pasos y sus movimientos eran torpes, olía a alcohol. Con mucho trabajo, gracias a mi pie torcido, me levanté de la mesa y salí a sentarme sobre el auto de mi padre, y el hombre vino conmigo. Se le veía delirante e insistía demasiado en cargarme para llevarme a algún lado. Tenía algo de miedo, y mi madre lo notó, mi padre también. A las doce de la noche se abrió la típica botella de champán, el cual mis tíos compraron sabor durazno, yo le di un traguito, y mi primo se tomó una buena parte. Se metió a su habitación y cuando salió lo hizo sin camisa, más errático que antes de entrar y con el pecho lleno de rasguños recientes. Fue en ese momento cuando exageré mucho el dolor de mi pie, comencé a decir de forma muy convincente que estaba segura de que estaba roto y mi madre entendió el mensaje, porque antes de la una estábamos de vuelta en casa, y fue entonces cuando juré que no volvería ni siquiera a intentar conocer a la familia de mi padre.
Ya que nunca conocí a mis primos paternos y no tenía siquiera esperanzas de tener primos maternos, las únicas personas con las que pude tratar fueron mi hermana, mi madre y mi padre.
Mi padre trabajaba desde las 4 AM hasta las 3 PM y de 5 PM a 10 PM, por lo tanto, en realidad sólo podía trata con mi madre y con mi madre. Creo que es necesario aclarar de nuevo que mi madre tiene depresión, ansiedad y neurosis.
Comencé a ir a la "escuela" a los dos años, porque mi madre odia a los niños y en realidad no me soportaba demasiado. Siempre se negó a conducir, y nunca sabré por qué, mi padre le compró una camioneta automática para facilitarle llevarnos a la escuela y hacer las compras, pero ella simplemente se negó a utilizarla, lo cual no fue impedimento para que gastara una vida gritándole a mi padre que era un desgraciado porque no la llevaba a comprar ni nos iba a buscar a la escuela. Cuando tuve suficiente edad para notar lo absurdo que era tener un auto automático y no usarlo para manejar 8 cuadras a la escuela no dudé en proponerle que lo manejara, porque no sólo nos facilitaría la vida a nosotras, sino a ella también. Siempre que le proponía aquello ella me gritaba que era una grosera y que no le daba la gana de hacerlo, que no lo haría sólo por nosotras.
En cualquier caso, como mi padre trabajaba todo el día no nos podía llevar a la escuela y como mi madre estaba loca y no quería usar el auto nunca pude aspirar a una escuela que se encontrara a más de un kilometro de casa, si no quería acabar con la espalda destrozada por la mochila. Sé que no debería quejarme de haber caminado a la escuela desde los 2 años, no me quejo precisamente de eso, me quejo más bien de que mi madre no quisiera hacer ni el más mínimo esfuerzo por hacernos la vida más sencilla a mi hermana y a mí.
Desde muy pequeña demostré mi talento en el dibujo y las letras, los maestros halagaban constantemente mi creatividad e "inteligencia", a todos parecía gustarles esos rasgos míos, excepto a mi madre, que se limitaba a una que otra felicitación cada año. Mi hermana por su lado fue un desastre en la escuela desde el kínder, y gracias a ella y a mi madre, acabé cursando el kínder y la primaria en 9 escuelas diferentes. A veces no pasaba más de 6 meses en una escuela, nunca pude hacer amigos, al menos no amigos duraderos, al día de hoy estoy segura que los cientos de personas que viven en mi memoria no tienen ni el mas pequeño recuerdo de mí.
Era buena en muchas cosas, aprendí a manejar bicicleta sin ayuda a los 5 años, me encantaba cantar, amaba dibujar, me gustaba leer, era una bomba de creatividad y siempre deseé aprender a tocar el piano y bailar ballet. Pero mi madre nunca me dejó tomar clases extraescolares de nada, fui a ballet con mi hermana durante dos meses cuando tenía 9 años y lo único que logré fue hacer un squash, era suficiente. Como mi hermana era una terrible estudiante mi madre optó por sacarnos a ambas de ballet y meternos a asesorías, porque por nada del mundo podría mi madre hacer el enorme esfuerzo de llevarme a mí a ballet y a mi hermana a asesorías, si se iba una, se iba la otra, eso estaba claro.
Y así fue como me obligaron a dejar de hacer algo que me gustaba, una vez más.
Fue a los 10 años cuando mi madre notó que yo era legítimamente espantosa, y no tuvo mucho problema en hacérmelo saber. Cada que se presentaba la ocasión me decía que estaba gorda y no me sabía vestir, atribuía mi apariencia desalineada a que era lesbiana. No sabía que significaba, tenía sólo 10 años.
A los 11 años comencé a tener plena consciencia de mi tristeza, comencé a sentirla, e entender que estaba en mí. Comencé mi diario, donde escribía llorando todo lo que me dolía.
Mi madre y mi hermana continuaron atormentándome con mi apariencia, por las mañanas mientras caminaba hacia la escuela, durante la cena, cuando me trataba de vestir para ir a misa los domingos. Desde los 9 años me volví notablemente más alta que mi hermana, y era evidente que no podíamos usar ambas la misma ropa, pero mi madre se empeñaba en que era yo la que no quería usar la ropa por puro mal gusto.
A los 11 años yo medía 1.52 y pesaba 56 kilos, estaba pasada de peso, pero no era obesa. Sin embargo, mi hermana me llamaba cerda y vaca, mi madre me decía que tenía una espalda inmensa y que me veía igualita a las hermanas de mi padre, esas que ella tanto detestaba.
Un día salió el tema de que no me sabía vestir bien, o no tan bien como mi hermana, así que mi madre, furiosa nos llevó a las dos a buscarme ropa en nuestro ropero. Había mucha ropa, es cierto, siempre hemos tenido mucha ropa, pero ninguna me quedaba a mí, porque había sido comprada por y para mi hermana. Sacó un pantalón que a simple vista se podía deducir que no me quedaba, me gritó que me lo probara y yo sólo lloraba mientras le decía "no me queda" y señalaba el enorme trecho que faltaba para que el pantalón cerrara. Tomó un cinturón y me pegó, por estar gorda.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Muchas veces había pensado en ello, dejaría de comer, era lo obvio.
Y fue así como empecé a regalar mi desayuno en la escuela, a dejar la cena y a matarme a hacer cardio en el baño de mi casa. Comencé con las dietas peligrosas, no más de 300 kcal al día, me moría de hambre pero sonreía cuando veía mi estómago volviéndose más pequeño, me estaba convirtiendo en lo que mi madre quería, o eso creía. Entonces comenzaron a quedarme los pantalones que mi hermana compraba.
Ahora ya no era llamada "cerda", ahora era la "piernas de calavera", la "cara de chivo". En ese momento comprendí que sin importar lo que hiciera, yo sería para mi madre un artículo fallado. Mis calificaciones eran excelentes, nunca le pedía comida, ropa, zapatos o tecnología, pero era la peor hija del mundo.
Recuerdo cuando me obligaba a usar ropa que no me gustaba. Un día compró en un bazar un vestido azul con escote que me quedaba terriblemente mal y unos zapatos de tacón rojos que no me calzaban bien. Yo salí con un blusón y unos pantalones, ella se enfureció. Me obligó a ponerme el vestido y los tacones, no podía caminar ni un paso con ellos y no paraba de llorar. Decía que era una víbora porque no quería dejar que me peinara y maquillara, tenía 11 años, no me quería maquillar. Me peinaba con rabia y me dolía, cuando me quejaba me pegaba con el peine. Me embarró polvo en la cara, labial rosa en la boca  y me puso sobra en los ojos de mala gana. Me miré al espejo y me sentí tan horrible que comencé a llorar y a quitarme el maquillaje, lo cual resultó en más odio y acusaciones de ser malvada por su parte.
Pasó el tiempo y entré a la secundaria, sabiendo que era espantosa, que lo sería sin importar lo que hiciera, ya ni siquiera hacía el intento por vestirme bien.
En la secundaria conocí a Claudia, a quien consideré mi mejor amiga durante un año, hasta que a inicios del 2015 consiguió un novio y dejó de hablarme. Fue entonces cuando me acerqué mucho más a una amiga de la primaria, Jessica.
La amistad con Jessica fue muy especial, porque por primera vez sentía que realmente tenía un amigo de verdad. Me invitaba a su casa constantemente y yo me acostumbré a ello, yo sólo me sentaba a verla jugar videojuegos y comía las pequeñas cosas que tenía en su casa, porque al igual que yo, ella siempre estaba a dieta. Hablábamos de dietas, de ejercicio, del futuro, de gente del salón, de muchas cosas que a ambas nos interesamos. Esta amistad a la que tanto llegué a acostumbrarme acabó de una forma sumamente dolorosa.
Una tarde, después de pelear con mi madre ella me golpeó y yo subí a mi cuarto a llorar, busqué como loca el cúter que había escondido hacía ya varios meses y abrí tres cortadas profundas en mi rodilla izquierda. La rabia y la emoción del momento no me dejó calcular la fuerza con la que hice las cortadas. Escuchaba a mis padres discutiendo, mi padre defendiéndome, mi madre furiosa porque él estaba de mi lado. Noté que la sangre era mucha más de la normal, creí que había cortado algo importante y me asusté, no soportaba la ansiedad, estaba segura de que quería suicidarme, llamé a Jessica dispuesta a acabar con mi vida y decidí que ella sería la última persona con la que hablaría, le mostré las heridas. Nunca tendré tiempo en mi vida para acabar de arrepentirme de eso.
Ella me rogó que no lo hiciera y sus palabras me hicieron entrar en razón, comencé a calmarme y como siempre, me sentí estúpida por haber intentado suicidarme.
Días después, Jessica me dijo que su madre le había prohibido llevarse conmigo, porque le parecía peligrosa mi depresión, temía que pudiera contagiar a su hija. No te haces una idea de lo mucho que eso me lastimó.
El día que cumplí 15 años no hice fiesta, mis pocos pero geniales amigos me organizaron una fiesta sorpresa y yo pedí ir a Burger King, para romper mi eterna dieta. Llegó el verano y me sumí en un limbo que añoro todas las noches. Comencé a ignorar el futuro, el pasado, el presente, comencé a huir de mí misma, era feliz.

Retrocedamos a noviembre del 2015. Yo cursaba el último año de la secundaria y mi hermana llegaba al final del primer semestre de la preparatoria.
Yo no fui la única de la familia que tuvo problemas con su peso, ella comenzó con la bulimia a los 10 años y se acrecentó cuando entró a la secundaria, pero siempre lo supo ocultar, hasta que mi madre lo descubrió y se encargó de hacer que todo el mundo se enterara. Mi hermana era conocida en la preparatoria por ser muy hermosa, hasta que una persona chismosa expandió el rumor de que mi hermana era bulímica. No soportó el supuesto bullying y decidió salirse de la escuela. Llegó a la casa con la propuesta más salvaje que jamás pude imaginar: dejar definitivamente los estudios y dedicarse a ser estilista. Me horroricé y rogué que no se le dejara hacerlo, pero la dejaron y la apoyaron.
En un impulso por evitar que mi hermana terminara siendo una de las miles de personas sin estudios que viven en México propuse que recomenzara la preparatoria conmigo en el año siguiente. Es otra de esas decisiones de las que nunca dejo de arrepentirme.

En efecto, ella recomenzó la preparatoria conmigo este año.

Mucho antes de salir de la secundaria le pedí a mi madre que me dejara presentar para la Preparatoria 2 de la UADY, la escuela en la que todos los padres quieren que sus hijos estudien, todos menos mi madre. La gente que estudia en la UADY tiene muchas más posibilidades de conseguir un trabajo decente, pero al parecer a mi madre no le parece muy buena idea dejar que su hija sea alguien en la vida. No me dejó siquiera intentar presentar para entrar a la UADY, no me dejó ni siquiera terminar de planearlo.
Me inscribió en una escuela privada, a dos cuadras de mi casa, conocida por dedicarse a cobrar hasta por el aire que se respira.
Y así como comencé a estudiar la preparatoria en un lugar que odiaba, junto a mi hermana, que no me hacía ninguna gracia.



Entré en la depresión más profunda en la que he estado jamás. Pasé todo el verano encerrada en mi cuarto, salí de mi casa 5 veces durante todas las vacaciones, a comer. Dejé de esforzarme en sonreír, dejé de intentar hablar con la gente, me volví gruñona y mucho más fría de lo que de por sí ya era.

Y aquí estoy, viendo la muerte en todos lados, viviendo el infierno de tener a mi madre y a mi hermana a todas horas conmigo, enfermándome de tristeza, nostalgia y dolor. Trato de remontarme a momentos felices de mi vida y me encuentro con la terrible noticia de que soy la hija del dolor, mi vida nunca fue linda, no hay nada que recordar, todo lo que recuerdo me conduce irremediablemente a algún final doloroso y siento que nada de lo que haga o no haga podrá conducirme a algún lugar.
Estoy muriendo, me estoy matando, ¿algún día podré salir de aquí? Yo sé la respuesta.

No.