El verano es azul, azul en todos los sentidos, siempre ha sido así y siempre así será.
Los veranos se hacen eternos, el tiempo se detiene y crea en la humanidad la cálida sensación de que la vida es infinita, vana, ardiente.
Siempre he creído que el verano es insoportable, porque saca de mí ese lado azul que nunca pedí tener. Como buena estudiante, mis veranos debieron ser tan rojos como mi juventud, pero por el contrario siempre han sido celestes, ya no azules ni blancos, sino de un color azul tan claro y fantasmal como el cielo. El verano es un fantasma, un fantasma pesado que se trepa sobre ti y te amodorra para que no puedas pensar en nada, al menos mis veranos siempre han sido así, mágicos y brillantes hasta dejarme ciega, tan sólo para que al final de mis anheladas vacaciones no vea más que vapor, rocío sereno durante mis madrugadas de lucha interior.
Atrapada dentro de cuatro paredes rosas, con poca luz y ahogándome en el calor sofocante de las tardes interminables hago de todo, pero nada posee utilidad alguna, el verano me expone en la inmensidad de sus coloridos cielos lo inútil que es y será todo en mi vida, pues sin importar lo que haga o quiera hacer acabaré todos los años levitando llena de cansancio hacia sus tristes valles.
La luz amarilla llena mi cuarto, todo hierve, mi cabello enmarañado y sin gracia no me trae más que trabajo extra, el desorden de mi habitación da la impresión de que hace mucho más calor, mis cortinas amarillas vuelven a esta ardiente puesta de sol un espectáculo de sombras de hojas danzantes. Vivo mis veranos en este almacén de recuerdos, dibujos, poemas, libros, proyectos, letras y más letras, trazos sucios y colores por montones. Despierto de mis mágicos sueños a un mundo que se ha detenido, mi día se reduce a atardeceres y lluvias de estrellas, un eterno e inútil intento de divisar la vía láctea que se rehúsa a mostrarse ante esta niña de ciudad.
Paso de la silla a la cama, recorriendo el camino de tan sólo dos pasos hacia esa cama que no podría figurar menos en esta ciudad de espíritu caliente y clima tropical en la que nací y de la que nunca he salido.
Las tardes juegan a ser indecisas, pues en cuestión de segundos pasan de mostrarse naranjas, amarillas y rosadas a blancas, grises y lilas. Las lloviznas de verano parecen de fantasía, uno se para frente a la ventana para mirar a las débiles y graciosas gotitas estrellándose contra la tierra caliente. Ah, cómo amo ese aroma a tierra mojada, siento como si limpiara mis pulmones que sólo conocen el olor de los libros viejos de mi madre y el aire acondicionado de mi salón de clases. El vapor calienta aún más las tardes que se niegan a marcharse, ay Geniy, esas tardes veraniegas son verdaderas niñas tercas, mucho más tercas que tú y yo.
Mirando una y otra vez los mismos vídeos de internet, la noche finalmente se acerca, mis ojos que no ven más que la pantalla luminosa de la tablet nunca se percatan de ello, al menos no hasta que noto la luz naranja de las farolas entrando por mi ventana. Entonces echo una rápida mirada a mi habitación, este muladar lleno de espejos y muebles llenos de libros, a pesar de amar esa oscuridad siempre termino prendiendo la luz, porque mi día comienza ahí, cuando la luz solar se ha rendido y a ha dado lugar al más hermoso de los cielos: el cielo nocturno.
Según mi tradición, es necesario subirme en la cama con tal de alcanzar la parte de la ventana que no tiene cristal con la intención de cazar estrellas vagabundas. Las farolas de luz naranja siempre han sido mi mayor problema, gracias a su existencia las tímidas estrellas nunca llegan a lucirse en el hermoso cielo nocturno, pero yo y mi terquedad no nos rendimos. La fresca brisa de media noche es mi favorita, después de un día entero respirando vapor y aire caliente, esa deliciosa brisa me ayuda a recordar por qué vale la pena esperar todo el año para gozar de las vacaciones.
Agosto es el mes de las estrellas, el padre de los más bellos cielos nocturnos, ese generoso padre que deja a sus pequeñas estrellas salir a divertirse. Las juguetonas perseidas corren alegres en ese azul eterno, azul verano, y dejan que las personas perdidas en el verano se diviertan con ellas, aún si nunca podría subir a correr junto con ellas.
Recuerdo claramente un sueño de mi infancia, un sueño en el que las estrellas fugaces llamaban a mi ventana y me invitaban a correr junto con ellas. Yo volaba y mi felicidad era tan infinita como mi universo, brillaba y reía junto con ellas, hasta que el sol anunciaba su lenta llegada y ellas, tan sonrientes como siempre, me llevaban de vuelta a mi cuarto y se iban para siempre, dejándome a mí llorando, pues solo hasta entonces había notado que se trataba de un sueño. Ya ves Geniy, yo suelo soñar mucho con las estrellas.
Siento que el verano es muy triste, porque siempre está llorando, es como una niña triste que no puede superar su dolor, durante las tardes sus lágrimas son de agua, durante las noches son de luz. La tristeza del verano se encuentra en lo feliz que uno es durante el tiempo que dura, yo soy feliz acompañada de mis estrellas, de mis lagrimas dulces, de mis libros, de mis canciones, de mis cielos azules, rojos, negros, grises y naranjas, de mis jugosas frutas, de la tierra mojada, de los rojos atardeceres, de la tristeza del verano.
¿Podremos ponernos de acuerdo? ¿Es el verano triste? ¿Es acaso muy feliz? A mí me gusta decir que es una tristeza alegre, justo como la vida, la vida entera es un verano azul, caliente y fantasmal.
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